¿Lo que comemos está enfermando a México… o puede salvarnos?

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En México, hablar de salud se ha vuelto cada vez más urgente. Las cifras no solo preocupan: revelan una realidad que millones de personas viven todos los días. Enfermedades como la diabetes, la hipertensión o los problemas cardiovasculares (del corazón, venas y arterias) ya forman parte de la vida cotidiana en muchas familias.

Pero hay una pregunta incómoda que pocas veces se aborda de frente: ¿qué tanto de esta crisis tiene que ver con lo que comemos todos los días?
La respuesta, según la evidencia, es clara: mucho.

Una crisis que no empieza en el hospital

Hoy, más del 70% de las personas adultas en México viven con sobrepeso u obesidad. Al mismo tiempo, la diabetes se ha convertido en una de las principales causas de muerte en el país.

Estos datos, provenientes de la ENSANUT y el INEGI, no son casualidad. Reflejan un entorno donde la alimentación cotidiana está dominada por productos ultraprocesados, accesibles y prácticos, pero con bajo valor nutricional.

Desde la Organización Mundial de la Salud se ha señalado que mejorar la alimentación es una de las estrategias más efectivas para prevenir enfermedades crónicas. Y la The Lancet Commission on Food, Planet, Health ha sido clara en algo más: no solo está en juego nuestra salud, sino también la sostenibilidad del planeta. 

En otras palabras, no se trata solo de decisiones individuales, sino de un sistema alimentario que está moldeando lo que comemos.

El verdadero costo de lo que comemos

Cuando hablamos de salud, muchas veces pensamos en consultas, medicamentos o hospitales. Pero el costo empieza mucho antes.

Tan solo la diabetes genera un gasto estimado de más de 60 mil millones de pesos al año en México, considerando atención médica y pérdida de productividad. (Fuente: Secretaría de Salud; International Diabetes Federation)

Esto no solo representa un desafío para el sistema de salud, sino también para la economía de millones de hogares.

Por eso, la conversación no puede quedarse en cómo tratar las enfermedades. Necesitamos hablar de cómo prevenirlas.

¿Y si la solución ya existiera?

En medio de esta crisis, hay algo que suele pasar desapercibido: México ya tiene una base alimentaria profundamente nutritiva, accesible y culturalmente relevante.

Se trata de la dieta de la milpa.

Antes de la industrialización del sistema alimentario, gran parte de la población se alimentaba a partir de ingredientes como maíz, frijol, calabaza, chile y quelites. Más que una tradición, este patrón tiene una lógica nutricional sólida:

El maíz y el frijol, por ejemplo, se complementan para aportar proteína completa. Es decir, juntos contienen todos los aminoácidos esenciales que el cuerpo necesita.

Además, este tipo de alimentación:

  • Es rica en fibra, lo que ayuda a regular la glucosa en sangre
  • Aporta vitaminas y minerales clave como hierro, magnesio y ácido fólico
  • Tiene una alta densidad nutrimental y una menor densidad calórica
  • Se asocia con menor riesgo de enfermedades crónicas

Y hay otro punto clave: también es más accesible.

En un contexto donde muchas personas creen que “comer saludable es caro”, la dieta de la milpa demuestra lo contrario. Ingredientes como frijol, maíz o verduras de temporada pueden ofrecer más nutrición por menos costo que muchos productos ultraprocesados.

Recuperar lo que ya funcionaba

Hablar de la dieta de la milpa no es romantizar el pasado. Es reconocer que existen soluciones culturalmente cercanas, basadas en evidencia y viables para millones de personas.

Como señala nuestro director general Antonio Franyuti:

"La salud no empieza en el hospital, empieza todos los días, en lo que comemos. Y muchas de las soluciones que necesitamos no son nuevas: están en nuestra propia cultura alimentaria."


Recuperar estos patrones no significa renunciar a la modernidad, sino integrar lo mejor de nuestro conocimiento actual con lo que ya sabemos que funciona.

Entonces, ¿por dónde empezar?

No se trata de cambios radicales de un día para otro, sino de decisiones cotidianas que, acumuladas, pueden hacer una gran diferencia.

Volver a incluir más alimentos como frijoles, verduras, tortillas de maíz nixtamalizado, lentejas o calabaza puede ser un primer paso sencillo, accesible y poderoso.

Porque, al final, la pregunta no es solo qué estamos comiendo hoy, sino qué tipo de salud queremos construir hacia el futuro.

Este 7 de abril es el Día Mundial de la Salud, momento perfecto para empezar.

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